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La paradoja de la eficiencia: cuando el relato choca contra la realidad en Concordia

Columna de Opinión

Por Cr Alvaro E. Sierra, Dr Pablo Lapiduz, Lic Silvia Dri *

La paradoja de la eficiencia: cuando el relato choca contra la realidad en Concordia


En la comunicación política moderna, la palabra “eficiencia” suele utilizarse como un comodín. Sirve para justificar decisiones difíciles, para presentar ajustes como modernización y para transformar recortes en supuestos actos de responsabilidad administrativa.

Pero la eficiencia, en serio, no se declama: se demuestra.

En Concordia, a dos años de gestión del gobierno de Francisco Azcué, la distancia entre el relato oficial y la realidad concreta es cada vez más evidente. Se habla de orden, pero crecen los conflictos internos. Se habla de alivio tributario, pero los vecinos pagan más. Se promete obra pública récord, pero la ejecución presupuestaria muestra niveles históricamente bajos. Se invoca la eficiencia, pero se deterioran servicios esenciales.

El problema no es solamente político. Es mucho más profundo: cuando una gestión confunde eficiencia con ajuste improvisado, marketing con política pública y anuncios con resultados, la ciudad termina pagando el costo.

El costo humano de una “eficiencia” mal entendida

El gobierno municipal ha hecho de los despidos masivos una de sus principales banderas de ajuste. Se presenta la salida de trabajadores como un acto de ordenamiento del Estado. Sin embargo, detrás de cada decisión administrativa hay familias, trayectorias laborales y servicios públicos que se ven afectados.

Lo más grave no es revisar la planta municipal. Todo Estado debe hacerlo con seriedad, planificación y criterios objetivos. Lo grave es hacerlo sin estudios técnicos conocidos, sin evaluación del impacto operativo y sin una planificación que garantice la continuidad de los servicios.

El resultado empieza a verse con claridad: áreas administrativas desbordadas, sectores operativos debilitados y centros de salud municipales con dificultades para sostener la atención por falta de médicos y enfermeros. En una ciudad donde la atención primaria de la salud depende del municipio, esto no es eficiencia: es desmantelamiento.

Echar por echar, sin medir consecuencias, no mejora el Estado. Lo debilita. Y cuando el Estado se debilita, el que pierde no es un funcionario: pierde el vecino.

La parálisis del fuego amigo

La gestión municipal se presentó como un espacio plural, moderno y superador. Pero la realidad mostró otra cosa desde el primer día de gestión: una convivencia interna atravesada por disputas de poder, tensiones permanentes y falta de conducción política.

Desde los primeros días de gobierno, con la renuncia de Caminal, hasta la reciente ausencia de Ferreyra ante una convocatoria unánime del Concejo Deliberante, la gestión municipal ha estado atravesada por una disputa permanente entre los distintos espacios políticos que la integran. No se trata de episodios aislados: renuncias de secretarios, cambios reiterados de estructura orgánica y tensiones internas constantes muestran una alianza de gobierno más ocupada en ordenar sus cuotas de poder que en gobernar. Esa interna feroz no solo debilita la conducción política, sino que paraliza la administración y posterga las respuestas que la ciudad necesita.

Mientras los espacios internos miden fuerzas, la ciudad espera respuestas. Mientras se reparten cuotas de influencia, se posterga la gestión. Y un gobierno que dedica más energía a administrar sus internas que a resolver los problemas de la ciudad no puede llamarse eficiente: es un gobierno paralizado.

El mito de la baja tributaria

Uno de los puntos donde más claramente se advierte la contradicción entre el discurso oficial y la realidad cotidiana es la cuestión tributaria.

El Ejecutivo llegó al poder prometiendo aliviar la carga sobre los contribuyentes. Sin embargo, el resultado fue el contrario: en 2025, los tributos municipales aumentaron alrededor de un 180% (muy por encima de la inflación de ese año), impactando directamente sobre familias, comercios, profesionales, emprendedores y sectores productivos.

A la par, se anunció la eliminación o reducción de unos 270 tributos que, en la práctica, en muchos casos tenían escasa aplicación real o casi no eran pagados por los vecinos. Fue un anuncio de alto impacto comunicacional, pero de bajo efecto concreto en el bolsillo ciudadano.

La operación política fue clara: mostrar una supuesta baja tributaria simbólica para tapar una suba real, masiva y efectiva.

Instalar la idea de que se bajan impuestos mientras la presión fiscal aumenta no es una política pública seria. Es marketing. Y cuando el marketing se usa para ocultar la realidad, la confianza se rompe.

El récord de la nada: la obra pública en niveles históricamente bajos

Otro punto central del relato oficial es la promesa de un año récord en obra pública. Sin embargo, los datos de ejecución presupuestaria muestran una realidad muy distinta: la obra pública no llega al 5% del presupuesto previsto.

Estamos frente a una de las ejecuciones más bajas de las últimas décadas. Y esto no es un dato técnico menor: detrás de esa baja ejecución hay calles que no se arreglan, barrios que siguen esperando soluciones, infraestructura que se posterga y oportunidades de empleo que no se generan.

Una ciudad no se transforma con placas, slogans ni conferencias de prensa. Se transforma con planificación, proyectos, gestión administrativa, financiamiento y ejecución.

Prometer lo que no se ejecuta no es eficiencia. Es construir expectativas que después chocan contra la realidad.

La diferencia entre hablar y saber hacer

El peligro del relato instalado

La ineficiencia no es solo un problema de números. Es también un problema de transparencia, de confianza y de responsabilidad política.

Un gobierno que construye una narrativa ficticia, que ignora el impacto humano de sus decisiones, que aumenta la presión tributaria mientras dice aliviarla y que promete obras que no ejecuta, no puede seguir escondiéndose detrás de la palabra eficiencia.

Una vieja máxima política advierte que se puede engañar a muchos durante poco tiempo, o a pocos durante mucho tiempo, pero no se puede engañar a todos durante todo el tiempo. Y eso es lo que empieza a ocurrir en Concordia: la realidad cotidiana está dejando al descubierto lo que el relato oficial intenta ocultar.

La realidad se siente cuando un vecino paga más impuestos. Se ve cuando una obra no llega. Se sufre cuando un centro de salud no tiene personal suficiente. Se percibe cuando el municipio parece más ocupado en sus disputas internas que en resolver los problemas de la ciudad.

Todavía hay tiempo para corregir el rumbo. El Intendente debe abandonar las políticas equivocadas que marcaron estos dos años y medio de gestión, dejar de confundir ajuste improvisado con eficiencia y recuperar una agenda seria de gobierno.

Concordia no necesita más discursos vacíos ni puestas en escena. Necesita gestión, responsabilidad y coraje para hacer las cosas bien.

La eficiencia no se anuncia. Se ejerce.

Y ese es el debate que Compromiso por Concordia quiere dar de cara al futuro: salir cuanto antes de esta forma de gobernar y construir una alternativa seria, preparada y capaz de devolverle a la ciudad un rumbo claro.

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(* referentes partido político Compromiso por Concordia)



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