(Columna no Opinión - Por Mäuss)
Hay mensajes que no nacen para ser publicados. No se escriben pensando en una nota, en una gestión ni en una estrategia. Llegan en privado, sin cálculo ni artificio, cuando algo real sucede y deja una marca profunda. Son palabras que no buscan trascender, pero que dicen más que muchos discursos.
Hace algunos días me llegó, a través de personas que forman parte de equipos municipales, un mensaje que los había conmovido sinceramente. No era un reclamo. No era una crítica. Tampoco un agradecimiento protocolar. Era un testimonio íntimo, breve y honesto. El relato de alguien que había vivido algo nuevo por primera vez.
Una mujer contaba que nunca había conocido el Carnaval. Que esa noche, por primera vez, su bebé vio ese mundo de luces, música, colores y movimiento. Que jamás había vivido algo similar. Que se iba feliz. Sorprendida. Emocionada. Cerraba su mensaje con una frase simple y demoledora: “No sabía que la vida era así”.
Esa frase no habla de carnaval. Habla de oportunidad. Habla de acceso. Habla de pertenencia.
En Concordia, como en tantas ciudades del interior del país, existen personas que viven a pocas cuadras de los grandes eventos, pero a una distancia enorme de lo simbólico. Personas que están fuera de los circuitos culturales, recreativos y comunitarios. No por falta de interés, sino por falta de invitación. Porque nunca se les dijo que ese espacio también podía ser suyo.
Hay algo que suele pasar desapercibido cuando se habla de inclusión. No alcanza con que algo exista. Es necesario que alguien sepa que puede entrar. Que puede participar. Que puede formar parte sin pedir permiso ni sentirse fuera de lugar. Esa barrera invisible es muchas veces más fuerte que cualquier obstáculo material.
Cuando una política pública logra correr ese límite invisible y habilita el acceso, algo profundo sucede. No se trata de asistencialismo ni de espectáculo. Se trata de dignidad. De mostrar que todos formamos parte de una misma comunidad y que nadie sobra.
El reciente Concurso de Traje de Carnaval Sustentable fue, en ese sentido, mucho más que una actividad ambiental o cultural. Fue una acción concreta impulsada desde la Subsecretaría de Ambiente de la Municipalidad de Concordia, a cargo de Joaquín Gobetto, junto a la Dirección de Educación Ambiental, conducida por Constanza Montoreano. Un trabajo articulado que encontró respaldo político en la gestión que encabeza el intendente Francisco Azcué y que permitió unir conciencia ambiental, creatividad, reciclado y acceso social en un mismo gesto.
En ese mismo marco, resulta imprescindible reconocer el rol central que cumplió el Ente Permanente de Carnaval y, muy especialmente, la tarea de su presidente, Luis Sánchez, cuya conducción, experiencia y compromiso sostenido con el carnaval concordiense fueron determinantes para que esta iniciativa pudiera concretarse y alcanzar la dimensión que finalmente tuvo. Bajo su presidencia, el Ente atravesó una etapa de consolidación institucional en la que el carnaval dejó de pensarse únicamente como espectáculo para afirmarse también como una plataforma cultural, social y comunitaria.
La apertura permanente al diálogo que caracteriza a Sánchez, su capacidad para comprender el valor simbólico y social de cada propuesta y su visión estratégica sobre el rol del carnaval en el entramado de la ciudad hablan de una conducción madura, con perspectiva histórica y profundo sentido de responsabilidad pública. Su generosidad institucional al poner al Ente y a su equipo al servicio de una idea innovadora da cuenta de una gestión que no se limita a administrar lo existente, sino que impulsa, acompaña y proyecta, entendiendo que el carnaval es también desarrollo cultural, integración social y construcción de identidad colectiva.
El respaldo brindado por Sánchez y por todo su equipo no solo facilitó lo operativo, sino que otorgó legitimidad y proyección a una experiencia que logró articular tradición, creatividad y conciencia social, fortaleciendo al carnaval como uno de los grandes espacios de encuentro, pertenencia y orgullo de la ciudad.
Del mismo modo, es necesario agradecer especialmente a las comparsas Imperio, Ráfaga, Bella Samba y Emperatriz, que con enorme espíritu colaborativo cedieron materiales y partes de sus trajes, pensados originalmente para otras instancias, para que el equipo creativo del área de Ambiente pudiera resignificarlos en esta propuesta. Ese gesto de generosidad y confianza refleja el sentido más profundo del carnaval como construcción colectiva, donde la competencia convive con la solidaridad y donde cada aporte, por pequeño que parezca, fortalece a la comunidad en su conjunto.
Toda comunidad sólida se construye sobre principios que no siempre se anuncian, pero que se practican. La idea de orden, de responsabilidad, de trabajo silencioso y bien hecho. De personas que cumplen su función sin necesidad de exposición. De acciones que no buscan aplauso inmediato, sino resultados duraderos.
La sustentabilidad, entendida de este modo, deja de ser una consigna abstracta. Se vuelve una práctica social. Enseña que detrás de cada residuo hay un proceso. Y detrás de cada proceso hay personas. Que detrás del Nodo Ambiental Concordia, del circuito de recolección y del trabajo cotidiano de los recicladores urbanos existen historias reales. Familias. Esfuerzos silenciosos que sostienen la ciudad desde un lugar que muchas veces no se ve.
Integrar ese mundo a una celebración popular no es un gesto menor. Es un mensaje claro. Nada ni nadie es descartable. Todo puede resignificarse. Los materiales y también las personas.
Existe una pedagogía del ejemplo que vale más que cualquier consigna. Enseñar con hechos que cada cosa tiene un valor. Que cada persona ocupa un lugar. Que el orden no es rigidez, sino armonía. Que la libertad no es abandono, sino responsabilidad asumida.
Hablar de sustentabilidad es hablar de responsabilidad. De cuidado. De enseñar que una sociedad no se construye descartando lo que molesta, sino reconociendo el valor de cada parte. Es comprender que elevar al que está más abajo no empobrece al conjunto, sino que lo fortalece.
Este tipo de acciones muestran que el Estado, cuando actúa con criterio, no invade la vida social ni la reemplaza. La estructura. La ordena. Le da marco. Gobernar no es imponer, es generar condiciones. Crear escenarios donde otros puedan descubrir horizontes nuevos.
Nada de esto ocurre de manera improvisada. Requiere método. Requiere constancia. Requiere coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Requiere entender que el crecimiento verdadero es gradual, que se construye paso a paso, respetando tiempos, procesos y personas.
La gestión municipal actual parece comprender algo esencial. Que una sociedad mejor no se decreta. Se construye. Paso a paso. Con acciones concretas. Con políticas públicas que articulan trabajo, comunidad y sentido de pertenencia.
Hay valores que atraviesan tradiciones distintas y que, sin embargo, coinciden en lo profundo. La idea de que nadie se realiza solo. Que el progreso verdadero es compartido. Que el trabajo dignifica. Que la responsabilidad individual fortalece al colectivo. Que el cuidado del entorno es también cuidado del prójimo.
Cuando esos valores se encarnan en políticas públicas, la política deja de ser estridencia y se convierte en arquitectura social. Ordena sin excluir. Integra sin diluir. Propone sin imponer. Reconoce que cada persona puede ser mejor si se le ofrece un marco justo y una oportunidad real.
El mensaje de esa mujer, escrito sin intención de trascender, dice más que muchos informes. Nos recuerda que cuando la política pública, la comunidad y el compromiso individual se alinean, suceden cosas irreversibles. Alguien descubre que también tiene un lugar. Que también es parte. Que la vida puede ser un poco más amplia de lo que conocía.
Ese descubrimiento no es menor. Para una madre. Para un hijo. Para una familia. Es memoria. Es experiencia fundante. Es la certeza de que hay belleza, que hay comunidad y que esa comunidad no es ajena.
Tal vez gobernar bien sea eso. Crear condiciones para que alguien vuelva a su casa con una certeza nueva. Que la vida puede ser distinta. Que el esfuerzo vale la pena. Que la ciudad también es suya.
Ese día, para alguien, la vida fue diferente. Y cuando eso ocurre, algo se está haciendo bien.


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